Un día corriente en el restaurante se vio interrumpido por un mareo. El estrés del trabajo, el calor, mil posibles causas podían haberlo desecandenado, pero estaba claro que había que parar el servicio. Mi padre acudió con mi madre al hospital para una revisión y ya no volvió a casa hasta que meses más tarde se decidió que no podían hacer más por él de lo que ya iba a tener con su familia.
Conservo más recuerdos de su rostro hinchado y melancólico que del eterno risueño de corazón de oro que me crió y que compartió toda la vida con mi madre. Mi ya de por sí maltrecha memoria solo me trae imágenes de camillas de hospital y de convivencia apagada. Recuerdo cada conversación como un esfuerzo titánico y cada caminar por el pasillo como una victoria digna de celebrarse. Recuerdo rezar sabiendo perfectamente que ninguna entidad divina estaba escuchando solo para asegurarme de estar haciendo todo lo humanamente posible.
Recuerdo dónde estaba aparcado el coche en el que mi madre me dijo "papá está ya con la abuela Irene".
Intento extraer lo máximo posible de los pocos recuerdos que tengo anteriores a la enfermedad. Flashes dispares e inconexos que trato de juntar como piezas de un puzzle para poder aferrarme a una imagen tangible de quién era mi padre, un mosaico que me esfuerzo por hacer todo lo completo posible.
Y a pesar de que hoy me cueste recomponer esa imagen, y aún siendo consciente de que haciéndolo tendré que rellenar los huecos con testimonios ajenos y escenas idealizadas, sé que después de 2006 nada volvió a ser igual.
Pensándolo fríamente, no todo era malo: en esa misma época empecé a crear los lazos que hoy constituyen un círculo de amigos que, aún con las distancias impuestas por la vida adulta y las diferencias de pensamiento, quiero pensar que es inmune al paso del tiempo. Pero indudablemente todo había cambiado para mí.
Por razones que sigo sin entender del todo, me perdí. Pasé a limitarme a estar en el aquí y el ahora sin pensar en nada más. Perdí la noción fundamental de que el tiempo no se detiene, de la importancia de tener una meta, algo tangible a lo que aferrarse. 15 años más tarde sigo pagando por esta falta de focalización y vago por el mundo sin objetivo ni fin último más allá de la monotonía vacía del día a día.
Empecé en aquella época a plantearme que podría tener algún tipo de problema. Que no estaba bien, que debía buscar ayuda. 15 años más tarde sigo planteándomelo, sin hacer absolutamente nada al respecto. Lo cierto es que el mero hecho de estar escribiéndolo ahora es un paso de gigante en comparación con la pasividad absoluta que me ha guiado desde entonces.
Y me río mucho. A diario, normalmente. Me siento afortunado por mi familia, por mis amigos, por casi todas las relaciones que he tenido, por los talentos que por alguna razón me niego a explotar. Una parte de mí incluso considera de mal gusto sentirse mal, cuando llevo una vida privilegiada en comparación a la que tiene una enorme cantidad de personas en este mundo.
No sé si esto lo causó ese 4 de marzo o ya se venía germinando antes sin que yo pudiera darme cuenta. No sé si en algún momento podré reunir la voluntad de cambiarlo y llevar a cabo la hercúlea tarea de hacer algo tan sencillo como mover el culo y empezar a buscar una solución en vez de darle vueltas a la idea en mi cabeza. Imagino que hasta que llegue ese día solo puedo intentar sacar adelante proyectos para no enraizarme por completo en la inactividad absoluta y autodestructiva que ya se ha llevado mis mejores años.
Estos últimos días he empezado a tener mareos. En el fondo estoy seguro de que tienen un origen tan sencillo como la ansiedad, la mala alimentación o la falta de movimiento, mi parte más racional todavía es capaz de mantenerme frío y sereno en ese sentido. Sin embargo, cada vez que la cabeza me pesa, no puedo evitar volver a ese recuerdo que tengo grabado a fuego. A esa escena de mi padre dejando la bandeja sobre la barra y metiéndose en la cocina para hablar con mi madre. A ese último momento de paz genuina, antes de que la bola de nieve hubiera empezado a rodar.
Supongo que hasta cierto punto es inevitable y por eso no le doy muchas más vueltas, pero sí me ha servido para empezar a pensar en las implicaciones más elevadas que tuvo para mí ese momento y todos los que le siguieron.
Y oye, ya que tengo un blog, por qué no usarlo. De todas formas quien me conozca ya sabe que este rinconcito de internet sirve mayoritariamente para acoger telarañas durante las largas temporadas de ausencia. He pensado que estaría bien comentar a qué se deben en gran parte esas ausencias. Hablar de mi aparentemente patológica incapacidad para mantenerme centrado en actividad alguna, independientemente de lo mucho que me guste o de los frutos que pueda dar en el futuro.
Esto lo escribo más por ayudarme a mí mismo que por justificarme ante nadie y por eso no voy a compartir por ahí el enlace ni hacerle ningún tipo de publicidad. De algún modo siento que dejarlo aquí expuesto me ayuda a quitarme un peso de encima, pero entiendo que es un pequeño paréntesis personal que contrasta brutalmente con el contenido habitual de este blog. Lo dejaré aquí, pero no lo promocionaré como una entrada más, es más bien una nota a pie de página.
Ahora bien, si estás aquí, si has leído esto y llegado hasta este punto, quiero que sepas que lo agradezco de todo corazón. No solo porque implique que sientes cierto aprecio hacia mí o hacia mi obra, sino porque creo que le estás dando sentido al hecho de escribirlo.
Si algún día consigo ser mejor de lo que soy ahora, será en parte gracias a ti. Te prometo que no lo olvidaré cuando sea rico y famoso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario