Se miraban entre ellos asustados mientras cruzaban la oscuridad que los conduciría a un destino incierto. Rostros de terror por doquier. La imagen de sus brillantes equipos y atuendos no conseguía sino aumentar la terrible sensación de que era demasiado, un objetivo excesivamente ambicioso, una meta inalcanzable la que perseguían, tanto que acabaría con ellos.
Nadie dijo una palabra al respecto, pero ninguno conseguía sacarse de la cabeza un fracaso inminente. El nerviosismo iba en aumento según avanzaban entre extrañas luces y sonidos que parecían provenir de todas partes. Cargando con no más que lo imprescindible, les resultaba difícil creer las molestias que requería moverse por ese terreno hostil.
El líder se detuvo ante el umbral final y se giró para dedicar una última mirada a sus compañeros antes de que todo comenzara.
—Vamos allá, muchachos. —dijo según los demás empezaban a serenarse poco a poco, tal vez asumiendo finalmente cual era su destino. Sus miradas cobraron con el tiempo cierto orgullo, sus rostros reflejaban una serenidad implacable que ocultaba eficazmente el pánico que invadía su interior.
Y cruzaron el umbral.
Recibieron unas últimas palmadas en la espalda y subieron al escenario.
Y la verdad es que, a pesar de estar nerviosos de cojones, lo petaron. La Joven Orquesta de Jazz que lo Flipas apareció en la prensa especializada al día siguiente, recibiendo elogios y felicitaciones. Sin duda alguna, la banda tenía un prometedor futuro.
Tres semanas después la orquesta se desharía tras protagonizar una serie de escándalos sexuales que implicaban a animales varios y que obtuvieron críticas positivas en ciertos sitios de Internet.
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