Se detuvo un momento y contempló las gradas. Miles de personas habían acudido esa noche para ver su última actuación y sabía que ellos esperaban lo mejor. Un final apoteósico para una carrera plagada de éxitos y premios. Algo que hiciese temblar los cimientos de la Tierra, una obra maestra tan asombrosa que los corazones de los asistentes se harían partícipes de ella para jamás dejar de estar vinculados con tan extraordinaria y colosal creación. Jacques Richard Allen-Wilkinson Holyfield III lo sabía, y estaba dispuesto a entregar su vida para realizar tal hazaña.
-Damas, caballeros y creacionistas, el momento que todos estaban esperando por fin ha llegado. Ha sido para mi un inmenso placer haber contribuido humildemente a enriquecer las páginas de los libros de arte. Siempre estaré agradecido al mundo por darme la oportunidad de expresar mi visión de la vida abiertamente. Vamos allá, pues. Con todos ustedes, ¡mi Obra Maestra!
La emocionante expectación fue súbitamente sustituida por una horripilante sensación de malestar, una sorpresa generalizada dio lugar a la voz de alarma. Nadie subió al escenario. Nadie intentó detenerlo. Estaban horrorizados, pero sabían que ese era el final que él quiso dejarnos a todos. La hoja bajó con un zumbido aterrador y se detuvo con un golpe seco y espeluznante. El corte fue rápido y limpio, sin dolor.
Una incesante fuente de rojo vivo hizo repentino acto de presencia.
Una atractiva ayudante recogió la cesta con la cabeza del artista y, tal y como le había indicado horas antes, la colocó sobre las brasas.
Sangre y fuego eran ahora dueños del escenario y de las almas de los miles de espectadores que esa noche asistieron a la última obra de Jacques.
No hay comentarios:
Publicar un comentario