-Y digo yo -dijo él.- ¿Cómo es posible que los científicos sean tan vagos como para darle varias funciones a cada botón del teclado y así no tener que meterle más botones?
-Hamlet, querido -respondió tiernamente John Malkovich- Tendría que escribirse una enciclopedia, una gigantesca, colosal, ciclópea, increíblemente enorme enciclopedia. Una enciclopedia totalmente completa, detallada con exactitud y absolutamente fiable, para poder empezar a describirte la ignorancia que acabas de mostrar.
Ante esta curiosa e innecesariamente precisa respuesta, el joven Hamlet no pudo sino salir corriendo, adentrarse en el Bosque Viejo y echar a llorar. Entonces John comprendió que el muchacho solo trataba de ser amable, de encontrar un tema del qué conversar durante el lento y pesado trayecto que el ascensor se negaba a amenizar con sus habituales hilos musicales. Sin pensárselo dos veces, comprobó su mochila y saltó de la gran caja metálica. Tiró con todas sus fuerzas de la manilla del paracaídas, pero resultó que todas sus fuerzas no eran demasiadas. Ese día sería conocido desde entonces como el Día del Último Salto de John Malkovich.
-
Años más tarde, el joven Hamlet, ahora convertido en un hombre alto, fuerte y, por alguna razón desconocida, irlandés, pensaba en aquél viejo loco en su despacho con acceso para discapacitados.
Distraído, empezó a hurgarse la nariz de forma compulsiva, casi violenta. Su subconsciente llegó rápidamente a la conclusión de que la mano no era suficientemente áspera, de modo que buscó y encontró, sin darse cuenta Hamlet, un trozo generoso de papel de lija de alta calidad, lo enrollo al rededor de su dedo índice y empezó a penetrar su nariz con esa nefasta y terrible creación. Al mismo tiempo que su mente se fundía con la época que recordaba y emanaba un embriagador perfume producto del olor de las miles de flores del Bosque Viejo, su mano deformaba de forma espasmódica y hacía sangrar abundantemente la cara de nuestro protagonista, convirtiéndose a sí mismo en un esperpento indescriptible que nadie consiguió nunca describir. Ya sabes, porque era indescriptible.
-
Ya anciano y encamado, con una muy breve esperanza de vida, el corazón en un puño y la cara tapada con un trapo viejo, Hamlet fue entrevistado por un becario. Un joven flacucho y jorobado llamado Josef Ajram, cubriendo su cuerpo escombroso con una camisa beige y unos pantalones de pana de una curiosa y enigmática mezcla de colores pardos, portando unas gafas del tamaño de una pequeña figurita de la Estatua de la Libertad y un iPad partido por la mitad 8aunque concienzudamente reparado con cinta americana9 entró con cautela en la habitación del anciano.
-Pase, pase, adelante. -dijo Hamlet con tono amable.- Siéntese donde pueda, póngase cómodo, mi hospital es el suyo.
-Es de todos, en realidad. -sugirió Josef.- Al fin y al cabo, todos pagamos los impuestos que ayudan a que nobles instituciones como esta sigan en pie.
-Eso es absurdo. Yo no he pagado un céntimo en toda mi vida. A nadie. Jamás.
-Me temo que eso es imposible, señor... -hizo una pausa, y la hizo por dos razones: En primer lugar para descansar un poco, ya que su salud no era nada buena y mantener una conversación le resultaba un ejercicio agotador que requería un esfuerzo titánico con cada palabra. En segundo lugar, quería asegurarse de que su interlocutor comprendiese la importancia de la pregunta que proseguía.- ¿cuál era su apellido?
-Malkovich. -dijo serenamente el viejo.
Entonces un silencio denso y angustioso se apoderó del habitáculo, como si esa palabra hubiera caído pesadamente sobre ellos como una losa de granito y trazas de acero valirio, adamantium, litio y galletas de chocolate.
-Pensaba en él cuando me hice esto. -dijo finalmente Hamlet rompiendo el silencio mientras se señalaba la cara.- Pensaba en él todo el tiempo, mientras me desfiguraba lentamente el rostro. Sé que muchos anuncios de la tele nos advierten que la automutilación no es la solución, pero debo decir que en el fondo no estoy seguro de haberlo hecho involuntariamente.
-Y no lo es. -respondió Josef tras una pausa dramática de esas que en las pelis quedan de puta madre cuando no hay banda sonora.- Flagélese con la lírica si lo desea. Asista a mítines políticos si quiere castigarse. Dios bendito, escuche a Fran Perea si su espíritu necesita autodestruirse para aliviar la carga de la culpa que lleva arrastrando estos 400 años, pero no se automutile. Recuerde que es ilegal.
-Fran Perea también es ilegal, muchacho, debo recordártelo.
-Esa no es la cuestión. La cuestión es que su vida ha girado siempre en torno a la desesperación que le consume tras el Día del Último Salto de John Malkovich, lleva toda su existencia en esta tierra perdido en un vórtice de autocompasión que lo está hundiendo lentamente en la mierd...
-¡Sí, lo sé! -interrumpió enfurecido.- ¡Sé muy bien cómo ha sido mi vida, mequetrefe malnacido, créame, la he visto muy de cerca! No necesito que un imberbe entrometido me cuente mis propios problemas. -una mezcla curiosa 8propia incluso de cocineros de los que salen en la tele y cuyos platos jamás, JAMÁS podrás imitar9 de cansancio y serenidad calmaron los nervios del viejo, que continuó tras una pausa que bien podrías haber aprovechado para ir al baño.- ...No pensaba solamente en él.
El joven Josef lo miró asombrado, esperando con ansia que el viejo continuase su relato.
-Pensaba en él, eso es cierto. Pero resulta que soy un genio y mi mente es muy capaz de barajar varios pensamientos al mismo tiempo. Dicen que es un don innato en la mayoría de las mujeres, pero que en un hombre no se ha visto jamás, y puede suponer el nacimiento de una nueva raza de superhombres que conquisten la galaxia y salven el mundo con sus rayos láser, ¡PIUM PIUM! ¡ZAS! ¡MUERE, HITLER ESPACIAL! ...lo siento, esto no tiene nada que ver con mi discurso. Lo que digo es que no solo pensaba en John. Algo más ocupaba mi mente, una idea que invadía mis pensamientos desde hacía años y que acabó haciéndome esclavo de su enigmático planteamiento.
-Pero, ¿de qué se trata?
-Yo... me imaginaba cómo sería el mundo si los científicos hubiesen hecho mejor su trabajo y no hubiese botones multifunción. Cada tecla tendría una única tarea, bien sea una letra, un número, un signo o cualquier otra cosa. ¡Piense en las grandiosas posibilidades! Los que estén hoy en día acostumbrados a los innecesarios botones multifunción probablemente estarían confusos, sus mentes débiles no alcanzarían jamás a comprender el funcionamiento de un teclado tan completo. Por ejemplo, usarían 8 y 9 al querer añadir un paréntesis. ¿Se lo imagina?
¿Y tú, lector?
¿Te lo imaginas?
No hay comentarios:
Publicar un comentario