<< Desde luego, lo que nunca cabría esperar de una ciudad noble y honrada como Toledo es que se dedicase al contrabando de cerezas en mal estado. Nunca. Cabras. Desesperación. Ornitorrinco. Trapicheo truncado. Estado del bienestar.
>> Pero basta ya de hablar de mí, querida. Hablemos de ti. ¿Cuántas tonalidades de azul eres capaz de diferenciar? ¿Todas? Vaya, qué decepción... ¿Y con los ojos vendados? Oh, ya, el doble... bien... ¿Y qué me dices de un par de puñaladas en los ojos y en el codo izquierdo? ¿Cuántas tonalidades de azul podrías diferenciar así? ¿Crees que...? ¡Oh, por el amor de dios, detén esa incesante menstruación, me estás estropeando las rodilleras de lana!>>
Eso es todo cuanto pudo leer Richard Wagner (sin parentesco alguno con el compositor Richard Wagner) de su libro recién comprado, "La ceja con bigote que destruyó al mundo", antes de que la enfermera requiriese su atención leyendo su nombre, previamente escrito en un sombrero amarillo por algún tipo de insecto del que, francamente, no merece la pena hablar.
-¿Richard Wagner?- Preguntó la enfermera.
-Es ese tipo de ahí, el del libro.- Respondió el sombrero.
La enfermera se acercó a Richard, le puso el sombrero en la rodilla derecha y se sentó a su lado. Lentamente empezó a acariciarle con suavidad. A los pocos segundos estaba ya besando sensualmente el cuello de Richard y le mordisqueaba de forma picarona el lóbulo izquierdo de la oreja derecha, mientras su mano juguetona se deslizó hasta la entrepierna de nuestro protagonista.
En ese momento, Richard se percató de la presencia de la enfermera, y le preguntó:
-Oh, disculpe, ¿Me llamaba?
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