-Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será la mayor manifestación por la libertad en la Historia de nuestro país.
-¿Ah sí?
-Sí, escucha: Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la Emancipación. Este trascendental decreto fue como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.
-Bueno, eso lo dirás tú. Mejor cierra la puta boca, anda, que no sabes lo que estás diciendo.
-Pero...
-Que te calles, plasta, que eres un plasta. Cojones ya.
-Mariano, deja en paz al muchacho, por favor te lo pido.
-¿Y usted quién es?
-Cállese, joven, estoy hablando con mi marido.
-Pero Maricarmen, ¿Para qué te metes en la conversación? ¿No ves que esto está siendo un diálogo por escrito y la gente no se va a enterar de quién está hablando? A algunos ya les cuesta cuando solo hay dos personas, imagínate con tres.
-Uy, perdonad, chicos, no sabía que estábais leyendo. Nada nada, seguid, seguid.
-Hola, buenas tardes, traigo un paquete para el señor... dejenme ver... Kurt Ferdinand Friederich Hermann von Schleicher.
-Lo que faltaba.
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